Es un valle cercano a la ciudad de Riobamba, en los andes ecuatorianos. Los árboles de capulís en el bordo de los caminos han desaparecido mientras que el plástico de los invernaderos ha recubierto la superficie vegetal y se mueve sin descansar, soplado por el viento. Tomates de árbol y babacos crecen abrigados. Campesinos, bombas en la espalda, recorren fumigando. Después de décadas de revolución verde, la naturaleza ha perdido su diversidad. Hoy, la mayoría de los moradores vive abrumada por las deudas, obligando a algunos a migrar. Su salud se ha deterioriado y sus condiciones de vida desmejorado.
Al filo del río, agachado, José Luis trabaja. No se queja. Unos días antes, con su esposa Martha estuvieron formando los surcos. Hoy, es el cuarto día después de la luna tierna. José Luis sabe, es momento de sembrar. Coge delicadamente una plántula de lechuga. “Cuidado, la raiz tiene que estar vertical para que crezca bien” explica. Tres surcos de lechugas, dos de remolachas, cuatro de coles, tres de zanahorias, dos de maiz asociados con fréjoles. Asi siembra José Luis. Su hijo, Noe, 3 años, provisto de su pequeño azadón, le acompaña. “Noe! No seas tan terrible” le grita el papa cuando el niño sale corriendo a través de los surcos.
En la mañana, Doña Martha se ha levantado temprano. Pues, había que preparar el desayuno para toda la familia. Luego, vestida de su sombrero y anaco, salió a alimentar a los cuyes, conejos y gallinas, y a ordeñar las vacas. “Hasta 15 litros de leche diario nos han dado” cuenta la Señora.
Antes, recuerda José Luis, “nuestros abuelos tenían una diversidad de productos en la chakra. Es lo que estamos recuperando. A los 40 años volvemos a comer nuestros productos”. Chocho, quinua, amaranto, melloco, jícama, camote: José Luis está sembrando estos cereales, leguminosas y tubérculos andinos. Y no usa nada de químicos. A veces, las aves se acaban la producción. Pero no importa, “los párajos también tienen derecho a comer”.
“Los vecinos me dicen que soy medio loco. Pero, nosotros vivimos bien, producimos suficientes alimentos para alimentar a la familia, y pagar la educación de nuestros hijos, y lo más importante, cuidamos la pachamama.” termina José Luis. Antés de volver al trabajo, él se disculpa. Se acuesta sonriente bajo la sombra de un capulí, escuchando trinar los pájaros. Descansa, satisfecho. En el fondo, se siguen oyendo los plásticos viejos de los invernaderos movidos por el viento.
José Luis es Chakarero. Es parte del Consejo de Sabios de los sistemas de producción en las comunidadades indígenas del Pueblo Puruway. Desde el año 2007, la Confederación del Movimiento Indígena de Chimborazo, con apoyo del proyecto Runa Kausay ejecutado por la FAO y el MAGAP con fondos de Nueva Zelanda, busca recuperar el rol de los Chakareros en las comunidades indígenas. En el marco de esta iniciativa, se inserta mi trabajo como Voluntaria de Naciones Unidas. El estudio económico que he realizado conjuntamente con un grupo de chakareros ha demostrado que este tipo de sistemas de producción genera más beneficios que un sistema de producción especializado enfocado al mercado. El Estudio concluye que se trata de una alternativa sostenible para reducir la desnutrición infantil, garantizar la seguridad y soberanía alimentaria de los pueblos, y mejorar las condiciones de vida de las familias para vivir bien.
Al filo del río, agachado, José Luis trabaja. No se queja. Unos días antes, con su esposa Martha estuvieron formando los surcos. Hoy, es el cuarto día después de la luna tierna. José Luis sabe, es momento de sembrar. Coge delicadamente una plántula de lechuga. “Cuidado, la raiz tiene que estar vertical para que crezca bien” explica. Tres surcos de lechugas, dos de remolachas, cuatro de coles, tres de zanahorias, dos de maiz asociados con fréjoles. Asi siembra José Luis. Su hijo, Noe, 3 años, provisto de su pequeño azadón, le acompaña. “Noe! No seas tan terrible” le grita el papa cuando el niño sale corriendo a través de los surcos.
En la mañana, Doña Martha se ha levantado temprano. Pues, había que preparar el desayuno para toda la familia. Luego, vestida de su sombrero y anaco, salió a alimentar a los cuyes, conejos y gallinas, y a ordeñar las vacas. “Hasta 15 litros de leche diario nos han dado” cuenta la Señora.
Antes, recuerda José Luis, “nuestros abuelos tenían una diversidad de productos en la chakra. Es lo que estamos recuperando. A los 40 años volvemos a comer nuestros productos”. Chocho, quinua, amaranto, melloco, jícama, camote: José Luis está sembrando estos cereales, leguminosas y tubérculos andinos. Y no usa nada de químicos. A veces, las aves se acaban la producción. Pero no importa, “los párajos también tienen derecho a comer”.
“Los vecinos me dicen que soy medio loco. Pero, nosotros vivimos bien, producimos suficientes alimentos para alimentar a la familia, y pagar la educación de nuestros hijos, y lo más importante, cuidamos la pachamama.” termina José Luis. Antés de volver al trabajo, él se disculpa. Se acuesta sonriente bajo la sombra de un capulí, escuchando trinar los pájaros. Descansa, satisfecho. En el fondo, se siguen oyendo los plásticos viejos de los invernaderos movidos por el viento.
José Luis es Chakarero. Es parte del Consejo de Sabios de los sistemas de producción en las comunidadades indígenas del Pueblo Puruway. Desde el año 2007, la Confederación del Movimiento Indígena de Chimborazo, con apoyo del proyecto Runa Kausay ejecutado por la FAO y el MAGAP con fondos de Nueva Zelanda, busca recuperar el rol de los Chakareros en las comunidades indígenas. En el marco de esta iniciativa, se inserta mi trabajo como Voluntaria de Naciones Unidas. El estudio económico que he realizado conjuntamente con un grupo de chakareros ha demostrado que este tipo de sistemas de producción genera más beneficios que un sistema de producción especializado enfocado al mercado. El Estudio concluye que se trata de una alternativa sostenible para reducir la desnutrición infantil, garantizar la seguridad y soberanía alimentaria de los pueblos, y mejorar las condiciones de vida de las familias para vivir bien.
Fanny Darbois
UNV Internacional
UNV Internacional
FAO
Proyecto Runa Kausay
A la sombra de un capulí, descansa satisfecho
